¿Debe la izquierda hacer una política de emociones?

Hasta hace poco, los temas centrales del debate político eran la democracia deliberativa y la protección de la esfera pública. Ahora, y no por casualidad, le ha llegado el turno a la política de las emociones y la posverdad: ¿de qué otra manera se explica que las clases trabajadoras descontentas de Estados Unidos votasen en 2016 por un multimillonario que hace todavía más ricos a los ricos, o que la campaña del Leave en el Reino Unido triunfase en aquellas capas de la población que van a verse más afectadas por las consecuencias del Brexit?

¿Cabe pensar que estos votantes respondían simplemente a sus sentimientos y se dejaban guiar por su instinto? En términos más generales, ¿sigue existiendo una división entre razón y emoción en política?


Los adelantos de la neurociencia confirman que el pensamiento y los sentimientos están íntimamente conectados. Si en el pasado no todo podía atribuirse al juego de la razón en política, es igualmente cierto que no todo puede atribuirse hoy a la atracción de las emociones. Sin embargo, en las sociedades en red, en las que la información como arma arrojadiza está remodelando la política democrática a niveles muy profundos, las emociones desde luego están de vuelta y quizás para quedarse: suele considerarse que constituyen el núcleo de la ola populista actual.