¿Deben ser morales los escritores? Puede que sus contratos les obliguen a serlo

Cuando uno ve a editores y autores charlando amistosamente en las presentaciones de libros, es posible pensar que están del mismo lado: del lado de la gran literatura y la libre circulación de ideas.

En realidad, sus intereses están en conflicto. Las editoriales se dedican a vender. No les gustan los escándalos que puedan poner en peligro sus cuentas de resultados –o las cuentas de resultados de los conglomerados multinacionales de comunicación de los que la mayoría forma una pequeña parte–. Los autores son personas, a menudo imperfectas. A veces se comportan de mala manera. Por ejemplo, ¿cómo deberían lidiar las editoriales con la época del #MeToo, cuando las acusaciones de indecencia sexual pueden llevar a retirar libros de las estanterías o de programas docentes, como ocurrió el año pasado con los novelistas Junot Díaz y Sherman Alexie?


Una respuesta es la cada vez más extendida “cláusula de moralidad”. Durante los últimos años, Simon & Schuster, HarperCollins y Penguin Random House han añadido estas cláusulas a sus contratos estándar de libros. He oído que Hachette Book Group está debatiendo ponerla en sus contratos, aunque la editorial no lo ha confirmado. Estas cláusulas liberan a la compañía de la obligación de publicar un libro si, en palabras de Penguin Random House, “conductas del autor, pasadas o futuras, inconsistentes con la reputación del autor en el momento en el que se ejecuta este acuerdo, salen a la luz y resultan en una repulsa pública y sostenida del autor que disminuya sensiblemente el potencial de venta de la obra”.

Eso es razonable, supongo. Penguin, hay que reconocerlo, no pide a los autores que les devuelvan los pagos avanzados. Pero otras editoriales sí lo hacen, y algunas son incluso más duras. El año pasado, colaboradores habituales de revistas que pertenecen a Condé Nast comenzaron a detectar un nuevo párrafo en sus contratos anuales. Es insólito. Si, de acuerdo con el “criterio exclusivo” de la compañía, afirma la cláusula, el escritor “se convierte en objeto de desprestigio, desdén, quejas o escándalos públicos”, Condé Nast puede rescindir el acuerdo. Dicho de otro modo, una escritora no tiene por qué haber hecho nada mal; solo necesita ser parte de un escándalo. En la era de la muchedumbre de Twitter, eso simplemente puede significar escribir o decir algo que ofenda a algún grupo de tuiteros estridentes.

Los agentes literarios odian las cláusulas de moralidad porque términos como “repulsa pública” son vagos y quedan abiertos al abuso, especialmente si una editorial está buscando una excusa para desvincularse de sus obligaciones contractuales. Al preguntar a escritores sobre las cláusulas de moralidad, por otro lado, la mayoría de ellos no tenían ni idea de qué les hablaba. Os sorprendería saber cuántos no leen la letra pequeña.