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jueves 29 de octubre de 2020
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Del bikini al burkini, lo que esconde la intromisión de los Gobiernos en el armario

Saquearon varias casas, se hicieron con armas, la turba llegó a las puertas del palacio. Y el rey, no desnudo como el emperador sino asustado, buscó refugio en Aranjuez. La imposición real, bajo peligro de cárcel y multa, de acortar las capas e implantar el sombrero de tres picos en la primavera de 1766 fue impulsada por Leopoldo de Gregorio —Esquilache, como era conocido en España el ministro de Carlos III— con la misma decisión con la que había liberalizado el comercio de cereales. Llovía sobre mojado: la carestía de los precios que la Corona intentaba paliar sin mucho éxito hacía cundir el descontento.

El cambio de indumentaria, para evitar que en el embozo de las capas pudieran esconderse armas y que los rostros quedaran escondidos bajo las alas del sombrero chambergo, era un proyecto heredado de Fernando VI. El llamado «traje español» que se pretendía abolir era en realidad un estilo importado de la guardia flamenca del general Schomberg en tiempos de Carlos II. El ministro Campomanes advirtió que confiscar las capas y sombreros provocaría «odio y grave murmuración entre las gentes», pero la revuelta que se organizó escapaba a sus cálculos. El conde de Fernán Núñez describió cómo «los alguaciles destinados a hacer cumplir esta orden, abusando de su ministerio, como sucede demasiado a menudo, atacaban a las gentes en las calles, les cortaban ellos mismos las capas, les sacaban multas y cometían otras tropelías».

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