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martes 11 de mayo de 2021
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Del burócrata ejemplar Díaz-Canel solo podemos esperar su fidelidad al castrismo

El octavo congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) —único partido autorizado en el país— fue un déjà vu: en varios momentos de los cuatro días, Fidel Castro se dirigió a los 300 militantes seleccionados desde las pantallas del Palacio de las Convenciones de La Habana. En esas mismas pantallas, Fidel Castro apareció lanzándose de un tanque de guerra con boina y uniforme verdeolivo de campaña. Fidel Castro fue citado una y otra vez en los discursos y en muchas de las intervenciones de las secciones de debates. La mirada de Fidel Castro, proyectada en una imagen junto a la de los mártires Julio Antonio Mella, Carlos Baliño y José Martí, estuvo posada —cualquiera de los presentes podría ocurrírsele decir que sin parpadear— en el salón donde, por primera vez en seis décadas, los comunistas escogieron para el puesto más poderoso del país —primer secretario del PCC— a un hombre que no lleva el apellido Castro.

Incluso, en ese viaje al pasado, lo más noticioso que ocurrió era un secreto a voces. En 2018 Raúl Castro, al entregarle la presidencia del país a Miguel Díaz-Canel, declaró sin tapujos lo que ocurriría ahora en 2021: “…cuando yo falte, puede asumir (Díaz-Canel) esa condición de presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y primer secretario del Partido Comunista (…) Y se ha planificado así”. Una muestra de la falacia que es el proceso electoral cubano. Por eso al último día del congreso del partido, cuando en teoría no se conocían los resultados de la votación de los militantes, Díaz-Canel llegó a la cita ya con un discurso preparado sabiéndose elegido. Luego, como de costumbre, leyó páginas y páginas impresas durante más de una hora donde aclaró que Raúl Castro “será consultado sobre las decisiones estratégicas de mayor peso para el destino de la nación”.

washingtonpost.com  (www.washingtonpost.com)