martes 28 de junio de 2022
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Del terrorismo youtuber al influencer rabioso: el odio inunda la red

Hakim Bey soñó, en los albores de internet, con la creación de un oasis de libertad. La incipiente Red debía servir de puerta trasera para que los insurrectos al poder establecido pudiesen colocar bombas de pensamiento; ¡C4 de revolución! ¡Un baño de napalm libertador! Bey, creador del terrorismo poético, identificó en internet el medio privilegiado para que sus TAZ (Zonas Temporalmente Autónomas) se horneasen hasta su cocción ideal, combatiendo el Capital Global y la Opresión del Estado. Años después, dijo esto: «la red parece haber seguido una trayectoria paralela al totalitarismo del puro dinero. En menos de diez años, ha dejado de ser un dispositivo radical heurístico para convertirse en una red de galácticas compras desde casa, donde se hacen fortunas especulando con compañías con cero líneas de beneficio». Bey, un dandi de la desesperación, como decía Oscar Wilde, ¡El Profeta del Caos! no publicó demasiado en la última década previa a su reciente muerte (que uno sepa, claro) pero no es difícil imaginar la opinión que saldría a golpear la máquina de escribir de su larga barba de Gandalf moribundo sobre la Era digital. Si el caos, «perpetua y azarosamente ebrio» de internet debía esculpir un excelentísimo monstruo que pelease por la justicia, no hay más que asomar la cabeza brevemente al universo online para darse cuenta de que la lucha por un mundo mejor ha quedado ensombrecida por las palanganas de rabia vacía que se despachan.

Y es que el odio es un ejercicio de satisfacción inmediato. Emana cierta felicidad de los intestinos, principalmente el grueso descendente, el que sirve de cañería, al regar con aversión las plantas ajenas. Es una felicidad seca y venenosa, ¡hambrienta como pocas!, que debe complacerse a la velocidad de los caños nasales de los ejecutivos de la City de Londres. El odio entra en ti y sale con la misma fuerza. Te da una razón para existir. Una batalla que luchar. Un muslo que morder. Su mayor inconveniente es que la inquina implica asumir las consecuencias. Odiar obliga a ejercer el odio. No vale con reservar la acidez en la oscuridad, hay que airearla regularmente. Si no, o bien desaparece, o azuza un burbujeo interior que es motivo de los casos de combustión espontánea. En ese descargar-la-furia es donde la red tiene un papel privilegiado. Internet es un altavoz ideal, barato y global; la tormenta perfecta para las tronadas del odio. Vomitar comentarios caprichosos en cualquier red social, foro, video o sticker, desde la atalaya indirecta de la pantalla y la lejanía del campo de batalla es como reventar talibanes con un dron. Fácil, rápido y no mancha. Menos para quien recibe el obús, casi hasta parece un juego. Como ponerse unas gafas de realidad virtual mientras se sostiene una Remington 1100, creyendo que los disparos pertenecen al mundo de la fantasía, mientras se agujerea el pecho de los vecinos. Ah, y esa inseminación popular del pensamiento también puede manipularse, no sólo para desquitarse, sino para invitar a otros a hacerlo de las formas más crueles. No hay más que ver el éxito que tuvo ISIS en su «terrorismo youtuber», como lo llama Óscar Sainz de la Maza, ofreciendo fama en las redes a todo aquel devoto dispuesto a rajarle el pescuezo a los herejes. Los «influencers de la Yihad» son el producto extremo de una expresión aventajada del odio en la red con, por cierto, una acojonante acogida. En medida menos suicida, también podemos observar el mismo sistema en el Asalto al Capitolio de 2021. Porque el odio es siempre racional para el que odia.

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