Dentro de la Casa Blanca de Trump

Alrededor de las 5:30 todas las mañanas, el presidente estadounidense Donald Trump se despierta y enciende la televisión en el dormitorio principal de la Casa Blanca. Sintoniza CNN para ver noticias, luego cambia al programa Fox & Friends en busca de ideas para mensajes y un tono amigable a su presidencia y, en ocasiones, mira también Morning Joe en MSNBC porque –según sospechan sus amigos– el tono contrario lo enardece para echar a andar su día.

Lleno de energía o furia —a menudo una mezcolanza de ambas— Trump toma su iPhone. A veces tuitea recargado en sus cojines, según sus ayudantes. Otras veces lo hace desde la sala contigua, mientras mira otra televisión. Con menos frecuencia, camina por el pasillo hasta la Sala de los Tratados (que funge como el estudio de los presidentes) en el Ala Oeste –en ocasiones lo hace ya vestido para el resto del día y otras, aún en su ropa de dormir–, y ahí comienza a hacer sus llamadas oficiales y no oficiales.


Conforme se acerca a cumplir su primer año en el cargo, Trump está cambiando la definición de lo que significa ser presidente de Estados Unidos. Ve el más alto puesto de la nación de la misma forma en que lo hizo la noche de su sorpresiva victoria sobre Hillary Clinton: como un trofeo que debe luchar por proteger a cada momento, con Twitter como su Excalibur. A pesar de toda su fanfarronería, se considera menos un titán en dominio de la arena mundial que un intruso difamado que ha entablado una lucha para ser tomado en serio, de acuerdo con entrevistas a sesenta consejeros, asociados, amigos y miembros del congreso.