viernes 22 de junio

Desde 2010, Grecia viene firmando acuerdos con el FMI que sólo conllevan ajustes sobre ajustes

Narrativas de algodón y reglas de acero: el “nuevo” Fondo Monetario Internacional presidido por la ex ministra de Economía de Francia Christine Lagarde parece actuar con la Argentina como lo hizo con Grecia. Al mismo tiempo que alentaba a los Estados europeos de la zona Euro a facilitar la reestructuración de la deuda griega, el FMI mantenía su bastión argumental y programático que consistía en exigir reformas radicales. Y en el mismo momento que pronunciaba palabras de respaldo, el FMI se negaba a reestructurar los 30 mil millones de euros que el Fondo le prestó a Grecia a cambio de una camisa de fuerza de ajustes.

Para la sociedad griega, el FMI es el emblema de todos los sacrificios impuestos desde 2010: pérdida del 30 por ciento de los salarios, recorte del sueldo mínimo, pobreza en incremento, poda en las jubilaciones, servicios públicos sin presupuesto, aumento de impuestos, tarifazos. En 2015, el primer ministro Alexis Tsipras calificó la conducta del FMI como “criminal”. Tal vez, la mejor definición moderna de este proceso que tiene a los organismos de crédito multilaterales como protagonistas la haya ofrecido el ex ministro griego de Finanzas, Yanis Varoufakis, en esa obra cumbre publicada en 2017: “Comportarse como Adultos”. Allí, Varoufakis sintetizó las innumerables reuniones mantenidas en medio de la tormenta griega con el Eurogrupo y la famosa Troika (el BCE, Banco Central Europeo, el FMI y la Comisión Europea). Varoufakis escribe: “cuanto más erróneas son las políticas, más necesario es el autoritarismo –el iliberalismo– para imponerlas. Como Lady Macbeth, se comete un crimen para cubrir el crimen original, luego otro crimen para cubrir el segundo”.


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