Después de la futbolización, la «tanguización» del rock.

    Hace unas semanas una nota en la sección Espectáculos del periódico chileno La Tercera provocó una atlántica ola de opiniones en las redes sociales y en algún diario. El título era rotundo: “Me verás caer: la crisis del rock argentino”. La nota –breve, epidérmica, apenas el señalamiento de una pérdida de mercados y de una incomprobable escasez creativa– fue la mecha de un debate criollo que, se ve, era y sigue siendo necesario para repensar algunas cuestiones. Músicos consagrados e indies, periodistas, productores y empresarios reflexionaron entre el dolor de ya no ser y la evidencia de una proteica escena independiente que se despliega cada noche en innumerables locales y en internet. La tensión –sino la contradicción– de las posiciones extremas habrá que buscarlas en el sitio desde donde se emiten las opiniones y en la más rancia cuestión etaria. Claramente no es lo mismo el pensamiento de un gerente de marketing de una empresa de celulares auspiciante de festivales que el propietario de un sótano con un escenario de 3 x 3 de Témperley, como no es lo mismo Tan Biónica que Darío Jalfin. No es lo mismo tener 40 años o más y trabajar en un medio periodístico en condiciones pauperizadas –y la rutina de escuchar una cantidad de música inusitada que circula por nuevas plataformas– que tener 20 años y hurgar la nocturnidad en busca de “la” banda y algunos besos. Como lo hicieron los jóvenes de ayer en el carnaval de un club perdido donde tocaba Almendra o más acá en el Parakultural o en Mediomundo Varieté.