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domingo 26 de septiembre de 2021
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«Dismorfia selfie» o cuando nos obsesionamos por parecernos a nuestra foto con filtro

Elegías un rollo de doce, veinticuatro o treinta y seis fotos. En blanco y negro o color. El instante que retratabas era excepcional e ir a revelarlas se sentía como cuando abrías un paquete de figuritas y veías cuáles te habían tocado. Ni hablar cuando llegaba el momento de archivarlas en un álbum, donde la máxima intervención que podías hacerle a la foto era pegarle un sticker de un «globo de diálogo» que incluía una frase graciosa. Pero eso era un poco arruinar la imagen. O por lo menos, eso es lo último que recuerdo cuando tenía 5 años y el retrato del verano era una foto con mis dos hermanos en una tranquera de Miramar. Hoy seguro podríamos recrearla, pero los tres tenemos celular y nos abre otras posibilidades; como repetirla las veces que sean necesarias hasta que nos guste y, por qué no, hacerle un retoque de edición para que se vea bien en nuestro perfil de Instagram.

La tecnología desplegó un abanico de posibilidades a la hora de adulterar una imagen: sin estudios en diseño gráfico y con una sola aplicación móvil, se puede modificar partes del rostro y del cuerpo con el fin de crear una «ilusión de belleza» en el aspecto una persona. Imágenes trucadas que se hacen públicas y circulan en redes sociales. Una práctica que podría pensarse como «inocente» y que desencadena, según los especialistas, en trastornos de conducta, principalmente, entre los más jóvenes. La obsesión por parecerse a un influencer, acumular likes, o identificarse más con un filtro de Snapchat o Instagram deriva, advierten, en Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA), como la anorexia y la bulimia nerviosa, y el trastorno dismórfico corporal: una autopercepción distorsionada de la propia imagen. Desórdenes que se han incrementado con la pandemia y el uso excesivo de redes por pasar tanto tiempo en casa.

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