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lunes 25 de octubre de 2021
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Disparos sobre el progresismo

Cuando en enero pasado un par de islamistas franceses masacraron a la redacción de la revista humorística Charlie Hebdo y a los clientes de un supermercado kosher en París parecía quedar claro que la amenaza de grupos extremistas como ISIS – o sus diversas franquicias emparentadas – se trataba de una realidad muy concreta que había cruzado el Mediterráneo desde las arenas del Califato para convertirse en una presencia que no podía subestimarse. Sin embargo, tan cierta como esa imposibilidad de subestimar la amenaza de ISIS es la capacidad para la negación con que muchos sectores de esas mismas sociedades amenazadas, inmediatamente trataron de complejizar o racionalizar los eventos que acababan de sufrir en carne propia. Con la mejor de las buenas intenciones se aproximaron al tipo de terrorismo que ejercen ISIS o sus clones con el arsenal de ideas e interpretaciones que durante el siglo XX resultaron (bastante) fructíferas para pensar críticamente la violencia política armada. En mucho de la conversación pública sobre los sucesos de Charlie Hebdo que siguió a ese día de enero, desde esa sensibilidad política hoy difusa que podemos llamar progresismo o izquierda moderada o un más clásico socialismo democrático – y cualquiera de esos términos resultan puestos por escrito inevitablemente resbaladizos e incompletos – la condena (obvia entre personas civilizadas) al atentado iba acompañada de un agregado, con el sello propio de cada uno, que planteaba una puesta en cuestión más amplia de esos ataques. En los “es más complejo” que cubrieron los análisis o los intercambios breves de las redes sociales en todo el mundo había, seguramente, menos de disculpa encubierta que de una atendible necesidad (humana) de darle algún sentido a ese tipo de hechos de sangre conmocionantes. Lamentablemente hoy en el mundo no son muchas las personas que tienen la capacidad para poder situar en una red de conceptos históricos (digamos por ejemplo: “medio oriente”, “petróleo”, “colonialismo”, “la cuestión palestina”, “antiimperialismo”) los acontecimientos que pasan frente a sus ojos, lo que más bien predomina es la dinámica automatista del meme – la verdadera neolengua de internet – comprometido y lacrimógeno que acumula likes por su obviedad catch-all. Aún los intentos más fallidos por “explicar” la masacre de unos caricaturistas que en el año 2015 cometieron el crimen de dibujar a Mahoma en pelotas, tenían la pretensión valorable de salir de la indignación televisiva para situar el hecho en un panorama histórico y político más complejo.

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