domingo 23 de enero de 2022
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Djokovic contra el mundo, otra vez

La vida de Novak Djokovic ha transcurrido siempre entre términos excesivos. Desde los bombardeos que marcaron su infancia (y en buena parte, su personalidad) hasta los éxitos deportivos, adornado su palmarés de todo tipo de récords. Jamás quiso pasar de puntillas Nole. Sabe el serbio (Belgrado, 34 años) que no hay mejor llave para trascender que la de la victoria, pero nunca ha descuidado la forma. Del mismo modo que a tipos como Connors o Lendl les acompañará el sello de las malas pulgas, a McEnroe o Agassi el de la transgresión, a Federer o Edberg el de la pulcritud o a Nadal el del espíritu más irreductible, su carrera quedará definida siempre por el ruido y los extremos, por el todo o la nada, de polo a polo. Porque así lo ha querido. Porque sencillamente, la planicie aburre a Djokovic.

Y dice el serbio: “Crecí en las montañas y pasé mucho tiempo con los lobos, así que tengo esa energía, la energía del lobo. Ellos actúan de manera muy instintiva, y veo en ellos rasgos correspondientes en mí. Tengo la sensación de que, de alguna forma, son mis guías espirituales”. El número uno del tenis descuenta las horas a la espera de que este lunes se resuelva el enredo judicial que le impidió el paso en la aduana australiana, y saber así si podrá pelear por su 21º grande a partir del día 17, en Melbourne, o bien debe coger un avión de vuelta después de protagonizar un escándalo mundial.

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