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lunes 20 de septiembre de 2021
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Docentes, estudiantes y redes sociales: la escuela está rota

Un docente entra a un aula donde pega el sol de la mañana por la ventana que da al Este. Mira a los seis alumnos que, a pesar de ser las 8 de la mañana, lo miran fijo por encima de los barbijos. Faltan dos que suelen venir, uno de los cuales levanta bastante la clase. El docente no sabe cómo seguir el “Buen día”: ayer se viralizó un video, filmado por uno de los alumnos que faltó, donde se escucha la voz del otro que también faltó, en esa misma aula, con ese mismo sol. Las motas de polvo flotan muy lentamente.

La escuela está rota.

Hay un concepto en el mundo educativo que es el del “contrato didáctico”. Definido de manera simple, se trata de un conjunto de reglas, que pueden ser explícitas y/o implícitas, que un docente va elaborando de manera situada (o sea, con un grupo de alumnos determinado, en una escuela determinada, en un momento determinado, de manera intransferible). Tiene que ver con las formas de trabajo -modalidad de evaluación, dinámica de desarrollo de las clases, resultados esperados, recursos a utilizar-, pero también con las formas y modos en que se establecen los diálogos, el uso del espacio, lo permitido y lo vedado. Es un contrato propuesto por el docente, pero por supuesto que los alumnos tienen plena potestad para impugnar, sobre todo, en las dimensiones extra académicas. El contrato didáctico se construye todos los días y es la base de la autoridad docente real: su legitimidad. En una palabra fuera de lugar, en un tono a destiempo puede estar el inicio de su derrumbe que, en general, es en cámara lenta. Y a veces puede explotar: como cuando un grupo de alumnos -o algunos de sus miembros- decide gambetear los mecanismos institucionales establecidos para plantear sus demandas -centro de estudiantes, notas a las autoridades, respaldo de sus familias- y pasar a la estudiantina (vale la pena aclarar que esos canales formales de reclamo no siempre están aceitados, que deben construirse y reconstruirse permanentemente y que todo grupo de alumnos conoce algún referente adulto en la escuela con quien la relación sea respetuosa y puede tutorear el inicio formal de la demanda). Hace unas décadas, se trataba de chinches en el asiento del docente, o un petardo de explosión diferida en un cajón del escritorio -cuando las escuelas públicas tenían escritorios para los docentes, con cajones y todo, qué lujos los del ayer-. También podía ser un cartel pegado con pericia de punguista en la espalda del docente, que cuando se diera vuelta para copiar algo en el pizarrón exhibiera un “PUTO” o algún mensaje más sofisticado.

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