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martes 27 de octubre de 2020
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Donde dice populismo debe decir conflicto distributivo estructural

En algún momento, la peste y la deuda serán parte del pasado y quedarán, agravados, los problemas de casi siempre. Alberto Fernández deberá resolver el empate tenso que se expresa en el plano de la política pero tiene sus raíces en el terreno de una economía afectada por la recesión y la falta de dólares, como él mismo la describió ayer ante el Consejo de la Américas. El Presidente puede aprovechar la enorme oportunidad histórica de una crisis descomunal para avanzar con medidas audaces que la emergencia justifica o puede rendirse ante la fortaleza de sus rivales y apelar a un consenso que cuenta con más abogados que contribuyentes. Lo que no puede hacer -tampoco sus detractores- es equivocarse en el diagnóstico a la hora de explicar la inestabilidad argentina.

Mientras el Frente de Todos discute con quién avanzar en el contrato social y se vuelve a indagar sobre la existencia de la burguesía nacional, los economistas Pablo Gerchunoff, Martín Rapetti y Gonzalo de León ensayan una salida posible en un texto reciente, “La paradoja populista”. A partir del término maldito que explica todas las calamidades en la barrabrava de la ortodoxia, los autores abordan la polarización en una clave distinta y sostienen que el llamado populismo no es producto de la ignorancia o de la miopía sino de la prevalencia de la presión por satisfacer las demandas populares. La historia económica argentina, dicen, está marcada por la “tensión sistemática y persistente” entre el equilibrio macroeconómico y la armonía social. En otras palabras, entre la capacidad productiva de la economía y la justicia social; entre un tipo de cambio real compatible con la pretensión de los exportadores y uno compatible con la paz social. Cuando esos dos centros de gravedad polarizan sin vencedor estable, la crisis -afirman- no se explica únicamente por las recetas equivocadas sino por la presencia de un componente estructural, el conflicto distributivo. Las estrategias de política económica denominadas “populistas” -que privilegian la armonía social por sobre el equilibrio fiscal que ayer invocó como meta el Presidente- no son más que la respuesta preferida de los gobiernos ante “el aliento de las sociedades en la nuca” y explican tanto su vigencia como sus límites.

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