¿Dos campanas? Trump, Brexit y el falso equilibrio

En el hilarante discurso que dio en la última cena con corresponsales de la Casa Blanca, Obama les habló directamente a los periodistas sobre el vínculo que construyeron con Donald Trump. Con un guión confeccionado con precisión relojera, les adelantó que él no iba a hablar demasiado sobre el magnate: «Siguiendo el ejemplo de ustedes, quiero mostrar un poco de control. Porque creo que todos coincidimos en que desde el comienzo, él ha tenido la cantidad apropiada de cobertura (en los medios), acorde a la seriedad de su candidatura. Espero que estén orgullosos», dijo, irónico, frente a un auditorio que no se rió tantísimo de esto último.

Obama criticaba la fascinación que el periodismo mostró frente a este viejo/nuevo personaje y el modo en que contribuyó a su enorme visibilidad. Trump, claro, hizo lo propio, con mensajes rimbombantes destinados a hacer gritar al resto. Pero la «propaganda gratuita» que le ofrendaron -en parte cuando nadie lo consideraba muy en serio- llegó a estimarse en marzo en 2 billones de dólares, lejos de los 746 millones de Hillary Clinton y 321 de Sanders.


Frente a la anomalía general que representa esta candidatura para tantos ámbitos de la vida pública, el del periodismo y cómo la gente se informa de cara a las próximas elecciones viene adquiriendo más relevancia, especialmente en cuanto a los debates de qué hacer con los mensajes extremos -lindantes con el discurso del odio-, cómo se confronta en tiempo real con mentiras del discurso político y, a la vez, qué significaría ser «neutral» o «imparcial» en la era Trump.