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sábado 31 de octubre de 2020
Periodismo . com

El «antirracismo» extraño de la peligrosa ideología woke

En la estela de las protestas por el asesinato de George Floyd , en Estados Unidos, alguien decapitó la estatua de un general sureño de la Guerra Civil. A quienes detestamos el racismo nos pareció comprensible: a pesar de progresos tangibles -pasaron cuarenta años, casi nada en términos históricos, desde el derecho al voto hasta la presidencia de Obama-, la comunidad negra sigue sin tener el mismo acceso que blancos o asiáticos a la salud, la seguridad o la justicia. Lo que siguió, sin embargo, fue cada vez más extraño. Una estatua de Abraham Lincoln, que abolió la esclavitud, amaneció desfigurada por la palabra «racista». Lo mismo pasó poco después en Francia con la estatua de Voltaire, que dedicó su vida a la idea de igualdad. En San Francisco vandalizaron un monumento a Miguel de Cervantes, que no solo no fue racista, sino que además padeció él mismo la condición de esclavo. Cancelaron la serie Little Britain , porque incluía a actores blancos disfrazados de negros, aunque fueran sátiras antirracistas. Netflix se disculpó porque en el dibujo animado Big Mouth una chica mestiza era doblada por una blanca. El Daily Mail se preguntó si el ajedrez es racista. Y esto era solo el comienzo.

En Estados Unidos, los militantes de este «antirracismo» extraño (combinado a menudo con el feminismo interseccional o queer ) reciben un nombre: woke , o sea despiertos, por oposición al mundo dormido. La palabra tiene ecos religiosos y ayuda a entender, quizá, el frenesí purificador que sacude al mundo corporativo, igual que al periodismo y a la academia. Un locutor radial británico, Stu Peters, fue despedido por cuestionar el concepto de «privilegio blanco». Un técnico de la San Diego Gas & Electric Company, Emmanuel Cafferty, fue despedido por hacer el gesto de OK, que algunos interpretan como contraseña del supremacismo blanco. Los Angeles Times condenó por racista el mero uso de la palabra «saqueos». Este celo no es raro, quizá, considerando que las corporaciones estadounidenses gastan cerca de 8000 millones de dólares por año en «cursos de diversidad» en los que sus empleados aprenden conceptos como » racismo sistémico «, «prejuicio implícito» o «privilegio blanco».

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