El caleidoscopio de las medias verdades

    Todos, de alguna manera, vivimos bajo el influjo del misterio. Como dijo el físico norteamericano John Archibald Wheeler «¿A quién, al abrirse el día, no le ha parecido nunca el mundo una visión increíble? ¿Y a quién las estrellas sobre su cabeza, y la voz que tiene tan cerca (…), no le han parecido nunca indeciblemente maravillosas, totalmente por encima del entendimiento?».

    Esa cualidad de lo real, génesis del arte y de la ciencia, es el motor que impulsa la fantasía y la exploración, y una tentación adictiva para el cerebro humano. La misma que nos mantiene pendientes de la trama de una novela o de un film, nos cautiva frente a una pintura, nos atrapa en los malabarismos de la poesía e incita a los científicos a embarcarse toda una vida en viajes (físicos o mentales) en busca de una respuesta.

    Iluminar misterios no es fácil, entre otras cosas porque exige ejercer el escepticismo. Hay que sortear las trampas que a cada paso nos tiende nuestra intuición y esa «atracción fatal» que nos hace confiar en argumentos esotéricos. El fervor que encendió la pandemia en torno de hipótesis no comprobadas, pero revestidas de lenguaje científico, renueva el interés en la serie de columnas escritas para Skeptical Inquirer por Martin Gardner, divulgador y filósofo de la ciencia, además de autor de más de setenta libros y de la icónica sección Juegos matemáticos, que se publicó durante 25 años en Scientific American.