El cerebro de los adolescentes y cómo convivir con ellos sin caer en la desesperación

Una amiga se quejaba hace unos días de su hijo adolescente. No escuchaba, estaba todo el tiempo enganchado al móvil, tenía cara de aburrimiento profundo en actividades familiares y, lo que es peor, valoraba más las opiniones de sus colegas que lo que decían sus padres. Posiblemente, cualquiera de las quejas anteriores resulta bastante generalizada sobre los jóvenes. Pero, si se recurre a la neurociencia, se observa que todas ellas tienen una explicación: nuestro cerebro, durante la adolescencia, está sometido a un intenso baile hormonal que nos lleva a comportamientos imprevistos e incómodos para los adultos, padres, educadores y todo aquel que esté con ellos. ¿Qué nos sucede en esta época de nuestras vidas? Entenderlo es importante para tener una mirada más amable con quienes se encuentran en esta etapa y, de paso, no dejarse arrastrar por una excesiva desesperación. Para ello, será de gran ayuda una obra que yo considero maravillosa, El cerebro masculino, de Louann Brizendine, profesora de la Universidad de California, en San Francisco.

La testosterona y la vasopresina son las hormonas que alteran en los chicos la manera de percibir la realidad; mientras que el estrógeno y la oxitocina son las que influyen en las chicas. En el caso de los chicos, las hormonas les van a propiciar conductas agresivas y territoriales en la adolescencia; mientras que las chicas van a valorar aún más las relaciones y las conexiones emocionales en este periodo de tiempo (en otro artículo nos centraremos en ellas). Y el crecimiento hormonal es exponencial.