sábado 20 de octubre

El colapso del PRI

Cuando José Antonio Meade se convirtió en el candidato para que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) retenga la presidencia de México, miles de personas fueron convocadas en un salón en Ciudad de México para corear su nombre. Había algo antinatural en una multitud celebrando a un tecnócrata como si fuera el goleador del campeonato. Pronto se supo: Meade es agua en el motor aceitoso del PRI. Desde entonces, con muy poco viento a favor, su candidatura naufraga.

Meade tiene menos carisma que un ladrillo y el PRI, lastrado por escándalos de corrupción, errores estratégicos y la confirmación de que su genealogía política es medrar del Estado, no las tiene todas consigo. El viejo partido que mandó en México por 77 años —siete décadas de manera ininterrumpida— está por primera vez en su historia al borde de un colapso más real que metafórico.


Si la derrota en las presidenciales de 2000 demostró que ya no era invulnerable y la de 2006 condenó a la vieja guardia, el sexenio de la hipotética renovación que llegaría con Peña Nieto confirmó que el partido que supo intimidar a toda una nación ya no tiene la capacidad de controlar el animal suelto que dejó tras perder el poder dos veces. El partido siempre se disciplinó detrás de los presidentes hasta que esos mandatarios designaron a su sucesor. Meade es el primer candidato no priista en ser beneficiario de la vieja práctica monárquica del dedazo, pero en el peor momento posible.

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