El coleccionista del crimen

Cuando entré en el baño del viejo sentí un impulso irrefrenable. Abrí el botiquín y entre los pocos objetos que había miré fijo un peine con dientes, de plástico, marrón, sin restos de pelo, que parecía mirarme a mí. Lo manoteé y me lo puse en el bolsillo. Afuera, el viejo, Ricardo Barreda, el odontólogo que el 15 de noviembre de 1992 mató a escopetazos a su esposa, su suegra y sus dos hijas en su casa de La Plata, me esperaba con una picada y un tetrabrik blanco en el departamento de Belgrano donde vivía en 2012. Ya tenía mi trofeo de guerra. Una costumbre, o pulsión —mejor dicho— que tenía cuando participaba de ese tipo de encuentros. Coleccionar cosas que fueron de ladrones o asesinos.

Todo había comenzado cuando María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano, alias Yiya Murano, que en 1979 envenenó a tres amigas en el edificio de Montserrat donde vivía, me regaló una vez un rosario de perlas blancas y sus tradicionales lentes aparatosos. Me los dio el día que le sugerí que dejara de dar entrevistas televisivas porque siempre decía lo mismo. Se le había acabado el libreto. Ella ató cabos y razonó: «Tenés razón, Rodolfito, nieto que no tuve, siempre ocultando tu mirada degenerada detrás de esos lentes de pobre tipo. Voy a desaparecer un poco, jugar al misterio, y cuando me pidan notas, voy a cobrar. A arrancarles un ojo de la cara». Yiya pidió otro café con leche con dos medialunas de manteca y me regaló el rosario y los lentes. «Estas reliquias van para vos, nunca las vendas. Con este rosario lloré la muerte de mi hermana, pobrecita, a quien le robé el novio, pobre desdichada», y lloraba sin lágrimas.