miércoles 12 de diciembre

El derecho (de todos) a la protesta

Ocupar el espacio público como forma de presionar a los representantes es parte de nuestro mito fundacional: “el pueblo quiere saber de qué se trata”. Salir a la calle es un saber práctico, una cultura política que se aprende en los centros de estudiantes, los sindicatos, las facultades, los clubes de barrio. Es paradójico que Cambiemos, una coalición hija de tres grandes movilizaciones, señale el carácter anti democrático de la democracia de la calle.

Hay pocas, muy pocas certezas, sobre lo que pasó el 18 de diciembre de 2017 cuando se debatía la reforma previsional en el Congreso Nacional. Sí sabemos que vimos imágenes de violencia y represión en el espacio público pocas veces vistas. Es aún mayor la incertidumbre sobre lo que pasará en el futuro. Por eso resultan poco afortunados los análisis que dictaminan quién ganó o quién perdió, si el gobierno o la oposición. La política no un el partido de fútbol en el cual suena el silbato en el minuto 90 y, si hay empate, se va a penales. Como dice Maurice Merleau-Ponty en Humanismo y Terror: “La historia tiene una especie de maleficio: solicita a los hombres, los tienta, ellos creen marchar en el sentido que ella marcha, y de pronto se les oculta, el acontecimiento cambia, demuestra con hechos que era posible otra cosa.” Los ganadores y perdedores del día de hoy se verán más tarde; hoy todavía estamos respondiendo en el momento inmediato a las tentaciones que nos presenta el contexto, aun sabiendo que la historia, como hace siempre, se burlará de nuestros cálculos.


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