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jueves 4 de marzo de 2021
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El desacato inmobiliario

“Hola, para saber si querés renovar el contrato de alquiler, ya te quedan pocos meses, así hablo con los dueños y te digo cuál va a ser el nuevo valor”. Escucho el audio de WhatsApp de la agente inmobiliaria y me paralizo. Vivo en un departamento de dos ambientes en el barrio de Flores, Ciudad de Buenos Aires, desde hace casi dos años. Pero fue en 2010 cuando, sin conocer esta ciudad, me vine a vivir por un trabajo en blanco que en Tucumán –donde nací– no conseguía.

Desde entonces, compartí habitación en una pensión infestada de cucarachas en la zona de Congreso, alquilé con una amiga un departamento amoblado en Microcentro que se llevaba la mitad de mi sueldo, y cuando estaba a punto de endeudarme con un seguro de caución para alquilar uno sin muebles, Agustín –el primer amigo que hice en Buenos Aires– me dijo que él iba a ser mi garante, que era una injusticia que me pidieran tantos requisitos. Y quizás fue recién ahí cuando empecé a cuestionar la relación desigual entre inquilinos por un lado y propietarios e inmobiliarias por el otro. Se volvió una anécdota divertida aunque, en el fondo triste, la de contar que en once años me mudé seis veces, que así conocí la ciudad mientras me perdía por las confusas instrucciones de la Guía T, una guía en papel de mapas e indicaciones para viajar en transporte público que dejó de usarse cuando los celulares salieron al mercado con GPS.

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