lunes 18 de febrero

El divismo y los dislates del Colón

Ya se sabe, la diferencia entre una soprano y un terrorista es que con este último es posible negociar. Angela Gheorgiu, que fracasó el mes pasado en el festejo de sus 25 años de apariciones en el Covent Garden con Adriana Lecouvreur, el melodrama de Fancesco Cilea, acaba de cancelar sus actuaciones en la apertura de la temporada de ópera del Colón de este año precisamente con ese título. Es una diva y las divas son imprevisibles, antojadizas, autoritarias y, claro, peores que terroristas. Pero son los directores de los teatros los que deben lidiar con ellas sabiendo de qué se trata. Gheorgiu ya no puede cantar bien este papel desde hace años y mucho menos en una sala de las dimensiones del Colón, cancela cada dos por tres y, para cualquiera que supiera algo del tema, era obvio que no cantaría en el Colón. Sin embargo, fue este teatro el que la contrató, la anunció y la vendió. Y eso no se llama divismo sino errores garrafales de programación.

Es cierto, tal como dice la cantante en su página de Facebook (habrá que reconocer que ese es un medio de comunicación válido y no exclusivamente un juego narcisista), que el Colón es de una desprolijidad llamativa en cuestiones contractuales y que no destaca (y no lo ha hecho en los últimos 10 años, por lo menos) por la cordialidad y el buen trato hacia los artistas. Es verdad lo que señala Gheorgiu cuando relata que la directora general del teatro, María Victoria Alcaraz, no quiso atenderla. Y no cabe duda de que debió haberlo hecho aunque más no fuera para escucharla en silencio. Pero lo que la terrorista –perdón, la soprano– no dice es que no se presentó a ninguno de los ensayos, que parte de sus condiciones –ya pagadas por el teatro, es decir por los contribuyentes– fueron cuatro pasajes en primera, para ella, su novio y dos asistentes, más una suite doble en un hotel de lujo, y que el nuevo director artístico del teatro –aunque aún misteriosamente no asumido–, el director de orquesta Enrique Diemecke, intentó infructuosamente reunirse con ella. El Colón tenía más de un motivo para alegar incumplimiento de contrato por parte de la cantante pero, ingenuamente, se quedó esperando lo que cualquiera bien informado sabía que no sucedería. Y Gheorgiu hizo lo que muy probablemente había venido a hacer: encontrar un pretexto, primerear al teatro y dejar planteada la situación como para llevarse un generoso emolumento sin tener que cantar (o que poner en evidencia que no podía hacerlo).