viernes 2 de diciembre de 2022
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El efecto destructivo del hambre en el mundo

El discurso de victoria de Lula retomó uno de los temas y medidas más importantes de sus presidencias anteriores: asegurar que cada persona tenga desayuno, almuerzo y cena, sin que tenga que vivir más bajo el tormento diario del hambre. Era coherente consigo mismo, con su campaña y con una prioridad humana esencial. Pero hay que reconocer que no ganó las elecciones fundamentalmente por la expectativa de esta respuesta, sino por el temor que el desastre de la pandemia, la prepotencia militarizada y la estupidez del adversario infundieron en algunas de las personas más sufridas de Brasil. A diferencia de su primera victoria, Lula ahora no ha sido elegido por un movimiento que aspirase a un cambio social urgente, fue elegido por desesperación ante el salvajismo bolsonarista y para evitar que el país siguiera hundiéndose. La esperanza de un giro progresista es ínfima y, de hecho, pase lo que pase será rápidamente mitigado por las composiciones de alianzas de gobierno y por la negociación presupuestaria con los jefes de los grupos políticos que dominan el parlamento, el “centrão”.

Además, mayoritario entre los hombres blancos y entre los de mayores ingresos —exactamente el mismo patrón que Trump—, Bolsonaro obtuvo la votación más alta de su historia (como también le sucedió a Trump en su reelección), pero fue derrotado porque ningún candidato ha recibido nunca tantos votos como Lula (como pasó con Biden). En otras palabras, la derecha actual tiene razones para temer el riesgo electoral de una polarización democrática, pero celebra el deslumbrante éxito de su recomposición (la afirmación de la hegemonía de la extrema derecha) y ha demostrado que incluso la codicia desenfrenada (el saqueo de la Amazonía ), el espectáculo de los príncipes Tartufo (los hijos de Trump y Bolsonaro y su séquito) o incluso el aislamiento internacional (Brasil desapareció del mapa mundial) se multiplican por el movimiento identitario más potente del siglo XXI: el redescubrimiento del fanatismo religioso como la voz de la política. Los bufones que ahora son los íconos de la derecha, y lo seguirán siendo, si no se fortalecen incluso más, son adorados como la reencarnación de la furia divina y tienen multitudes que los siguen. Es el retorno de lo reprimido, la más antigua de las estrategias de dominación, el terror que genera complicidad en las víctimas.

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