El feminismo que aprendí de las monjas

Puede ser difícil rastrear los orígenes de nuestras convicciones más profundas.

A mí prácticamente me educó una madre soltera y yo sabía, casi desde que nací, que las mujeres tienen la capacidad de hacerlo todo y en ocasiones se ven obligadas a hacerlo, sobre todo cuando no hay nadie más que las apoye. Entré a Antioch College en 1993, el año en que la política sobre delito sexual que hizo la escuela fue objeto de burla incansable en todo el mundo por introducir la idea del consentimiento verbal. No mucho tiempo después, en un monasterio birmano me rapé la cabeza para convencerme a mí misma de que mi cuerpo físico no me definía.


Pero la educación feminista más importante que recibí fue en mi escuela católica, a principios de los ochenta, en los suburbios del Medio Oeste estadounidense. Fue ahí donde mis maestras más queridas eran monjas que nos enseñaron a ayudar a los pobres, rezar por los enfermos y a donar nuestras monedas a El Salvador. Fue ahí donde aprendí la necesidad de cooperar y ser autosuficiente, y las posibilidades que eso brinda.

Vestidas con sus trajes de poliéster y zapatos ortopédicos, la hermana Irene y la hermana Betty, mis maestras de primero y segundo de primaria, respectivamente, emanaban una alegría y un sentido de propósito que me parecían contagiosos.