martes 28 de junio de 2022
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El fin del progresismo

El progresismo está en problemas en buena parte del mundo occidental. Sus expresiones políticas están perdiendo elecciones, cascoteadas desde la izquierda o sorprendidas por el populismo, y su dominio del discurso cultural, antes hegemónico, ahora está en discusión, inmerso en una batalla cultural que se repite en decenas de países. Uno de esos países, por supuesto, es Argentina, donde hace años que no existe una fuerza política nacional liderada por el progresismo y su hegemonía cultural, dominante durante al menos un par de décadas, está en declive. Este eclipse ocurre en buena medida por errores propios del progresismo –al que defino idealmente como un movimiento de centro-izquierda enfocado en causas como la igualdad económica, un Estado activo, el feminismo y la diversidad sexual, pero siempre dentro de la amplia familia de la democracia liberal– y no es necesariamente una buena noticia, incluso para quienes ya veíamos en el progresismo verdaderamente existente sólo una capa de actitudes superficiales, oportunistas y, en ocasiones, intelectualmente deshonestas.

Mi hipótesis es que el golpe de gracia para el progresismo argentino, lo que lo tiene en un callejón no sólo político sino también intelectual, reducido a poco más que la programación de Radio con Vos o Urbana Play, ha sido el fracaso del gobierno de Alberto Fernández, que inició su mandato con una promesa de complemento progresista y moderado al patoteo kirchnerista e incumplió esa promesa con escándalo, hasta mimetizarse completamente, sin ofrecer resistencia, con su supuesto rival interno. En ese camino, ni los políticos o funcionarios de origen progresista ni los intelectuales que apoyaron al presidente ni los periodistas que celebraron su victoria, salvo escasísimas excepciones, levantaron la voz para buscar influir sobre el rumbo del gobierno. Aun a medida que el gobierno se iba vaciando de funcionarios, políticas y discursos no kirchneristas. Una explicación posible es que les faltó fortaleza o valentía. Otra es que después de tantos años de justificaciones y sapos, ya ni ellos supieron dónde terminaba su progresismo y dónde empezaba el kirchnerismo. Pero la razón de fondo es la misma: el progresismo está sufriendo las consecuencias de su pacto con el demonio kirchnerista, que ya lleva 15 años.

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