sábado 18 de noviembre

¿El islam se radicaliza o los radicales se islamizan?

Agarremos dos sujetos. Uno es Ismail Afalá, del madrileño distrito de Leganés y, otro, Yasine Abidi, de la barriada Ibn Jaldún, en la ciudad de Túnez. Cuando cruzaron la frontera entre la radicalización y la acción violenta tenían edades similares. Afalá rondaba los 25 años al llegar a Siria, en mayo de 2014, y rellenar el formulario del Directorio General de Fronteras del Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés). En la ficha de matriculación eligió combatir. Abidi contaba ya 27 primaveras el día que descerrajó su fusil automático contra un grupo de turistas en el museo del Bardo, ubicado en el centro de la capital tunecina. Se sabe algo de estos dos individuos embarcados en la última generación de yihadistas, pero casi nada de por qué dieron el paso, qué había en eso que los expertos llaman la nebulosa de la yihad. Dos académicos con mayúsculas se han atrincherado en sus teorías para desentrañar la raíz del problema: es la islamización de los radicales, dice Olivier Roy (La Rochelle, 1949); es la radicalización del islam, apunta Gilles Kepel (París, 1955). Dos viejos colegas que no han llegado a las manos, aunque sí al insulto.

Vayamos a la teoría. Kepel, profesor del Instituto Science-Po de París y autor de numerosos ensayos, defiende que para entender el proceso de radicalización de los jóvenes es esencial ir a la religión, comprender el auge del salafismo, una corriente rigorista que defiende que la ley islámica o sharíaes única fuente de derecho. Y no es que este salafismo sea necesariamente violento. “Existe además una ruptura cultural”, señaló Kepel en una conversación reciente con este diario, “que favorece el paso al acto [violento]”. Esa ruptura tendría una fecha de arranque en Francia: los disturbios en París de 2005, protagonizados por jóvenes de la tercera generación de inmigrantes. Y podría valer como ejemplo para Kepel, según señala en su libro El terror entre nosotros, el recorrido de Mohamed Merah, el autor de la muerte a disparos de varios niños en una escuela judía de Toulouse en marzo de 2012. Considerado erróneamente un lobo solitario, Merah rondó los principales focos salafista de Francia, se radicalizó en prisión y recibió entrenamiento entre Afganistán y Pakistán.


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