martes 25 de septiembre

El lenguaje no es machista

Continuando las investigaciones de Michel Foucault sobre el poder y el saber, a comienzos de 1977 Roland Barthes escribió: “El poder está presente en los más finos mecanismos del intercambio social: no solo en el Estado, las clases, los grupos, sino también en las modas, las opiniones, los espectáculos, los juegos, los deportes, las informaciones, las relaciones familiares y privadas, y hasta en las fuerzas liberadoras que tratan de impugnarlo: llamo discurso de poder a todo discurso que engendra la falta en el otro, y por ende genera culpabilidad en el que lo padece”. Barthes agrega la razón por la que el poder está en todas partes: “La razón de esta esta ubicuidad es que el poder es el parásito de un organismo transocial, que está ligado a toda la historia humana, no solamente a la política; ese objeto en el que se inscribe el poder es el lenguaje”.

Ya lo había dicho Román Jakobson cuando clasificó las lenguas: un idioma se caracteriza menos por lo que permite decir que por lo que obliga a decir. Cada lengua crea un mundo distinto. En el francés y en el inglés (entre muchos otros idiomas) se está obligado a enunciar siempre el sujeto y eso da la idea que lo que se hace es una consecuencia de la persona que lo hace. La acción no es más que un atributo del sujeto. En castellano no existe esa norma. El sujeto puede invertirse, ir al final y en el uso cotidiano, incluso, lo más común es que el sujeto se borre de la enunciación.


Las lenguas son obligatorias para los hablantes y no pueden ser modificadas por los individuos. A lo sumo un grupo social con mucho poder político y prestigio social puede modificar el uso de una palabra o una expresión (por ejemplo, hace un siglo se comenzó a usar “mogólico” como sinónimo despectivo de tonto o imbécil; y hace unos 20 años se comenzó a ver mal ese uso), pero no hay casos comprobables de que grupo social pueda cambiar conscientemente las reglas gramaticales, que son las que hacen que una lengua pueda ser comprensible.

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