jueves 15 de noviembre

El mito tecnooptimista

Hace unas semanas dejé una gran ciudad de Estados Unidos y me fui al pueblo de mi familia, en las Tierras Altas de Soria. Pasé de conducir por autopistas de siete carriles a visitar caminos solitarios donde poner el intermitente antes de girar implica una declaración de optimismo. Cambié las charlas del profesor de Harvard Steven Pinker, que defiende que el mundo va a mejor, según todos los indicadores, por conferencias donde el escritor Julio Llamazares denuncia la muerte de las zonas rurales y se habla de densidades de población de dos habitantes por kilómetro cuadrado.

Con Internet, pensé, puedo trabajar desde cualquier lugar, incluso desde aquí. En Estados Unidos se habla mucho últimamente de los nómadas digitales, unos afortunados cuyo estilo de vida consiste en ganarse la vida gracias a la Red desde lugares exóticos durante un viaje sin fin. Quizá yo también pueda hacer algo menos glamuroso y más simple, me dije, como irme al pueblo con el portátil.


No es tan fácil. Para poder vivir y trabajar en un sitio se necesita algo más que ADSL.

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