viernes 16 de noviembre

El odio visceral entre Joan Crawford y Bette Davis que duró hasta la muerte

Cuando en su último encuentro con periodistas le preguntaron por el amor, Bette Davis fue sincera y precisa: “No ha sido uno de mis grandes éxitos”. Apenas unos días después, el 6 de octubre de 1989, la actriz fallecía en el hospital Americano de París, a los 81 años. Davis había viajado desde Los Ángeles hasta Europa no solo para recibir en el Festival de Cine de San Sebastián un premio más en su laureada carrera, sino para, literalmente, morir con las botas puestas, aunque fuese interpretando el papel de sí misma en el escenario de un país lejano. Como recoge el documental El último adiós de Bette Davis (Pedro González Bermúdez, 2014), la férrea determinación y la profesionalidad que demostró la actriz durante aquellos días fueron sobrecogedoras. Midió cada aparición pública, preparó de forma meticulosa cada detalle y controló con mano de hierro algo que le preocupaba: que la fotografiasen en silla de ruedas. Sentenciada por un avanzado cáncer, era un cadáver, pero nada minó su voluntad, y el registro que queda de aquel último suspiro solo engrandece su leyenda.

La gestualidad es el patrimonio de los actores y esconder la condena a una silla de ruedas no es un detalle nimio cuando hablamos de una estrella del Hollywood clásico. Joan Crawford, cuatro años mayor que Davis, fallecida en 1977, a los 69 años, también de cáncer, conocía bien la importancia de esos gestos que muchas veces se etiquetan como meros caprichos de diva. El director George Cukor dijo de Crawford que se la podía fotografiar desde cualquier ángulo, porque siempre resultaba magnífica, aunque su mayor talento, el más misterioso de todos, era su manera de caminar. “Crawford atrae su atención por el simple hecho de moverse. Ni siquiera necesita abrir la boca: solo tiene que andar. Y estará soberbia”.


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