lunes 28 de noviembre de 2022
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El oficio de curar con plantas: cuando la medicina no viene en pastillas

Es una madrugada de octubre, pero podría ser cualquier otra. Madrugadas así esta familia las ha tenido desde hace más de cuatro décadas. Evelin Luguaña, 27 años, tercera generación de una línea de hierbateras oriundas de Nayón, un pequeño poblado al nororiente de Quito, se alista junto a su madre, Norma Juiña, sabia de 63 años y 40 en el oficio, para una jornada más de recolección de plantas medicinales silvestres. Una jornada más, pero hoy hay que considerar las complicaciones que han traído el cambio climático y la embestida inmobiliaria. “Antes era más fácil, se entraba nomás a las quebradas y no había quién mezquine, se recolectaba de todo”, dice Juiña. “Hoy todo se privatiza, hasta los chaquiñanes (senderos) se están cerrando, y no es justo porque así se van perdiendo las plantas medicinales”.

La camioneta que alquilan para la ocasión llega hacia las 04.00. En las horas previas prepararon la tonga, es decir, los alimentos que les darán energía durante las caminatas por cerros, bosques y quebradas a las afueras de la ciudad. En una mochila llevan papas, habas, maíz tostado, máchica (harina de cebada con panela), de vez en cuando unas presas de pollo horneado y, en los bolsillos, unos dientes de ajo y unas ramas de ruda. “Son por respeto a los cerros, para evitar el mal aire. A veces puede caer la neblina y desviarnos del camino. Son como un amuleto”, dice Evelin Luguaña con franco entusiasmo por su oficio.

Viajarán una, dos horas, y a veces más, hasta la entrada a la Amazonia, donde el ecosistema se vuelve húmedo y en las quebradas se consigue caballo chupa, planta que se usa para tratar inflamaciones de los riñones y la vejiga. En sus excursiones más frecuentes por la Sierra recogerán, oz en mano, chilca, eucalipto, ñachag, hierba del ángel. “Todo se va cogiendo en el camino”, explica Evelin. “Hay que dejar el carro lejos y caminar hacia adentro. Luego hay que hacer rápido paquetitos con las hierbas y salir, porque hay gente que puede pensar que vamos por ahí a robar ganado”. Y así se irá la mañana y estarán de vuelta en casa a eso de las tres de la tarde. Descargarán las plantas, las limpiarán y cortarán de 65 centímetros para que todas queden uniformemente vistosas. Luego las pondrán, paradas, en tinas con agua o en el piso sobre una estera, porque si las dejaran acostadas y hechas un montón, se ahogarían hasta morir. Darán las 10 de la noche cuando todo esto acabe, y si al día siguiente hay feria, a la medianoche ya estarán de pie para hacer las maletas, como llaman a los bultos grandes copados de plantas que se atan con pedazos de costal.

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