domingo 2 de octubre de 2022
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El olvido tecnológico que seremos: gestionar la información que deja alguien que muere

Cuando murió mi madre, en julio, tuvimos que vaciar su casa de sus cosas. Tremenda tarea existencial. Uno es uno, sus circunstancias y todas las cosas que le rodean y que deja atrás como un último surco vital en el espacio-tiempo. Algo del que se va se queda en todos los materiales que le rodearon, unas últimas moléculas o unos recuerdos perennes, por eso a veces es tan difícil vaciar las casas de los difuntos, por eso hay gente que tarda años en hacerlo, por eso hay profesionales que se dedican a ayudar en esta tarea. Es que da cosa. El día que mi madre murió volví a casa y metí la cabeza en su armario tratando de rescatar el aroma que permanecía en su ropa, de la que pronto nos desharíamos: no hay nada tan evocador como el olor, que se introduce de manera muy directa, en forma de moléculas, en los receptores cerebrales del recuerdo y la emoción.

Una de las cosas que más me llamó la atención a la hora de deshacernos de las cosas que mamá había almacenado durante toda una vida fue la obsolescencia de mucha de la información que había guardado. Las actuaciones de su compañía de danza en formato de vídeo VHS o Betamax, por ejemplo. No teníamos dónde reproducirlas, pero encontramos que mamá tenía un vídeo VHS a tal efecto, que hacía años que no usaba. Introdujimos una cinta, la calidad era la pésima y la cinta, para colmo, no volvió a salir de las fauces del aparato, de modo que esa opción quedó inutilizada para siempre. No es fácil encontrar vídeos VHS a la venta en Internet, y mucho menos en sistema Betamax.

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