¿El papa Francisco ha fracasado?

Cuando el papa Francisco llegó a la silla de San Pedro en marzo de 2013, el mundo miraba maravillado. Por fin había un papa acorde con estos tiempos, un hombre que prefería los gestos espontáneos y no las formalidades rituales. Francisco pagó su propia cuenta de hotel y evitó los zapatos rojos. En lugar de mudarse a los lujosos aposentos papales, se instaló en la acogedora casa de visitas del Vaticano. También estableció un tono antidogmático con declaraciones como: “¿Quién soy yo para juzgar?”.

Los observadores predijeron que la calidez, humildad y carisma del nuevo papa desataría el “efecto Francisco”, que atraería de vuelta a los católicos a una Iglesia que ya no parecería tan prohibitiva ni tan fría. A tres años de que comenzó su papado, las predicciones continúan. El invierno pasado, Austen Ivereigh, autor de una excelente biografía sobre el papa Francisco, escribió que su postura menos rígida sobre la comunión para los divorciados y vueltos a casar “podría desencadenar un regreso a las parroquias a gran escala”. Durante sus primeros días, la orden jesuita, a la que pertenece Francisco, se esforzó por llevar a los protestantes de vuelta al rebaño de la Iglesia. ¿Podría hacer lo mismo Francisco con los católicos cansados de los titulares sobre abuso de menores y conflictos de valores?


En cierto sentido, las cosas sí han cambiado. La percepción del papado, o al menos del papa, ha mejorado. Francisco es mucho más popular que su predecesor, el papa Benedicto XVI. El 63 por ciento de los católicos estadounidenses tienen una imagen favorable de él, mientras que solo el 43 por ciento la tenían de Benedicto en la cima de su popularidad, de acuerdo con una encuesta de 2015 de The New York Times y CBS News. Francisco también puso énfasis en tratar de llegar a los católicos desencantados.