El peor final de los libros: convertirse en papel picado

Todo empezó -o todo volvió, estas cosas vuelven- con una publicación de Alejandro Agresti -el director de películas como Buenas Aires Viceversa o El viento se llevó lo que- en Facebook. Decía que su editorial, Penguin Random House, le avisaba por mail que iban a destruir los ejemplares que no habían vendido de su libro Si te digo te miento, de 2017. Unos mil sobre una edición de dosmil. «Podrían repartir esos ejemplares», lamenta. En los comentarios muchos se asombran de que se destruyan libros. Pero es algo habitual.

«Yo los fui a buscar porque tengo espacio en casa», dice María Rosa Lojo, autora de La princesa federal. Y porque no estoy preparada ni psicológica ni culturalmente para que se destruyen libros míos ni de otras personas. Prefiero donarlos o llevarlos a reuniones de lectores que no están en la Capital y adonde los libros no llegarían». El día que fue, le dieron ejemplares de varios de sus títulos. Entre ellos algunos que antes habían tenido varias ediciones, como Árbol de familia o Finisterre.