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jueves 26 de noviembre de 2020
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El periodismo que vale la pena salvar

“Días anodinos en Londres”, escribió Walter Lippmann en su diario personal a finales de julio de 1914. Lippmann tenía apenas 24 años y se encontraba de viaje por Europa. Acababa de graduarse en Harvard y era uno de los periodistas más prometedores de su generación. Pero ni sus lecturas ni sus conversaciones con intelectuales británicos le alertaron de la tormenta que se avecinaba. Unas semanas antes, un terrorista serbio había asesinado en Sarajevo al heredero del Imperio Austro-Húngaro y las potencias europeas se preparaban para el combate. El mundo se asomaba al abismo de la I Guerra Mundial.

Ignorante del alcance de la crisis, Lippmann llegó a viajar a Bruselas pero enseguida se dio la vuelta, asustado por el caos. Un par de días después, escribió de nuevo en su diario: “Leo esta mañana que Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Me siento un imbécil por mi incapacidad para darme cuenta de la situación”.

Es imposible no sentir lástima por aquel joven periodista, incapaz de percibir cómo los líderes europeos avanzaban como sonámbulos hacia la guerra. Y sin embargo es una experiencia que a todos nos suena familiar. Sólo un puñado de periodistas alertaron del potencial mortífero de la epidemia a principios de enero, cuando todavía pensábamos que el coronavirus era un problema de la ciudad de Wuhan. Unos días antes del estado de alarma, las portadas de la mayoría de los periódicos no presagiaban que nada grave fuera a ocurrir.

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