jueves 19 de julio

El plan licuadora y el primer alfil que sacrifica Macri

La disparada del dólar desde inicios de diciembre -más del 60% en solo seis meses- terminó de consolidarse esta semana como la segunda mayor devaluación de las últimas tres décadas, solo superada por la de 2002. Su inevitable traslado a precios, incluso aunque se cumpla la regla optimista de Nicolás Dujovne según la cual solo “traspasa” una cuarta parte de lo que trepa la divisa, anticipa para 2018 una inflación mucho más parecida a la de 2016 que a la del año pasado. Hasta el 27% que proyectaban las consultoras una semana atrás suena benévolo. Y lo más importante: nada sugiere que haya llegado a su fin.

Lo dijo clarito Carlos Melconian en un almuerzo la semana pasada con socios del Rotary Club: “Si ustedes me preguntan en cuánto tiempo se arregla esto, no tengo la menor idea. En muchos años. ¡Excepto como ocurrió tres o cuatro veces en la Argentina, que una devaluación y su posterior inflación licúen!”, exclamó. Celestino Rodrigo, Erman González y Jorge Remes Lenicov, los tres pilotos de esas últimas licuaciones purgantes, terminaron por ser “anécdotas” según Melconian. ¿Le habrá querido augurar ese destino histórico a Dujovne, su enemigo íntimo, que no lo convidó a ninguna de los dos charlas que organizó con consultores en el quinto piso de Hacienda? ¿Será Federico Sturzenegger la “anécdota” a la que ahora Macri le querrá endosar el costo del descalabro?


La licuadora se encendió al máximo el viernes pasado a pedido del Fondo Monetario, que no acostumbra prestar dólares para que los vendan baratos. No tuvo la potencia de las de Erman, Remes y Rodrigo pero superó con creces las de 2009, 2014 y 2016. Lo que dejó boquiabiertos a todos los operadores de la City fue el último tartamudeo de Sturzenegger: tras comprometerse en conferencia de prensa el jueves y por escrito el viernes a dejar de intervenir en el mercado cambiario, terminó por rifar otros 800 millones de dólares de las reservas entre el martes y el miércoles.

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