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lunes 26 de julio de 2021
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El regreso a la oficina es más complicado que abandonarla

Hace ocho años, le preguntaron a Patrick Pichette, entonces director financiero de Google, cuántos empleados del gigante tecnológico trabajaban a distancia. Su respuesta fue sencilla: «Los menos posibles». A pesar de que la compañía estaba muy ocupada produciendo aplicaciones que permitían el teletrabajo, su comentario tampoco tenía nada de extraordinario. Desde el Silicon Valley y Wall Street hasta la Milla Cuadrada de Londres, La Défense de París, la Potsdamer Platz de Berlín y el distrito Central de Hong Kong, los barrios empresariales del mundo acogían todos los días laborales a millones de oficinistas malhumorados. Se creía que reunirse en un lugar estimulaba la productividad, la innovación y la camaradería. Permitía a los jefes vigilar a sus subordinados. Trabajar desde casa era algo que sólo se hacía si no podía evitarse.

Y, de repente, en marzo de 2020 no se pudo. La pandemia de la Covid-19 obligó a los gobiernos de todo el mundo a imponer confinamientos estrictos. De la noche a la mañana, fue imposible acceder a la mayoría de las oficinas del mundo. Para sobrevivir, las empresas se embarcaron en un gigantesco experimento de teletrabajo. Los trabajadores urbanos cambiaron los trajes por pantalones deportivos y los despachos del centro por las afueras de las ciudades. En un típico cambio de mentalidad empresarial, Google regaló a cada empleado 1.000 dólares para la compra de mobiliario de oficina, les ofreció vídeos virtuales de fitness y clases de cocina, e instó a todos a «cuidar de sí mismos y de los demás».

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