martes 30 de noviembre de 2021
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El republicano bobo, un enemigo perfecto

Hace tiempo que el oficialismo tiene dificultades para justificar buena parte de sus políticas. Entre quienes todavía intentan hacerlo tienden a primar dos estrategias. La primera de ellas se vincula con la construcción de un adversario a medida, uno caracterizado por ser políticamente inepto e ideológicamente reaccionario, un torpe rival al que denominan «republicano.» La segunda estrategia no se relaciona con la caricaturización del opositor, sino con la afirmación del pragmatismo político como programa. El pragmatismo que hoy distingue al Gobierno (antes que el «populismo») se basa en la invocación de fines valiosos como respaldo a medios de cualquier tipo. Se trata, se nos dice, del «precio a pagar» por conseguir aquellos fines.

La primera de las estrategias se refiere a la creación de un opositor-muñeco de paja: el rival «republicano». El republicano del caso, curiosamente, no tiene nada que ver con el que se estudia en filosofía política: se trata de un republicano bobo, hecho a medida, que vive de ideales abstractos, que no entiende nada de la política «real», que no sabe que la política nueva se hace con la vieja («el rancho se hace hasta con bosta»). Este extraño republicano habla como un zombie del «equilibrio de poderes» y cree que se puede hacer política sólo con principios, porque nunca se ha mezclado con el «barro» de la política verdadera, «no camina el territorio». Ese republicano, por lo demás, pide acuerdos y defiende el diálogo, repitiendo como un mantra el ejemplo del «pacto de la Moncloa.»

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