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martes 2 de marzo de 2021
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El saldo histórico más duradero de los años 90 es el de un reparto inequitativo de poder entre el gran capital y la sociedad argentina

La muerte de Carlos Saúl Menem trae a la memoria social los claroscuros económicos, políticos y morales de los años 90, ante los que cada uno, con mayor o menor pretensión de rigor, reacciona de acuerdo con la suerte que le haya tocado. Sin embargo, independientemente de ese condicionamiento, a más de tres décadas del inicio de su esplendor y a más de dos de su colapso, cabe señalar un rasgo distintivo de esa etapa: la inauguración de una relación entre poder político y sociedad, por un lado, y capital internacional y local, pero vinculado al circuito global, por el otro, ruinoso para los primeros y extremadamente conveniente para los segundos. La Argentina de a pie sigue remando contra esa corriente arrasadora.

Trabajo o desempleo. Salario elevado en dólares y muy rendidor en una economía en la que el consumo incluyó ingentes dosis de turismo y productos importados, o falta de ingresos. Crédito disponible y primera casa o carpa blanca, Norma Plá y desamparo. Aplausos en Estados Unidos o vergüenza ante la enunciación de las “relaciones carnales”. Cada quien recuerda su propia aventura.

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