El último argentino que habló con Stalin

Septiembre de 1993. En Moscú estalla la crisis más seria desde la disolución de la Unión Soviética. El presidente Boris Yeltsin disuelve el parlamento, que desconoce la medida y erige como nuevo mandatario de Rusia al vice, Alexander Rustkoi. Éste se atrinchera junto al presidente del parlamento, Ruslan Jasbulatov. Yeltsin manda reprimir y triunfa. Moscú, la ciudad que según una película ya no creía en lágrimas, presencia la mayor represión desde la Revolución de 1917, con cientos de muertos.

A más de quince mil kilómetros de distancia, en el otro extremo del mundo, otro parlamento empieza a ser noticia. En Buenos Aires, el Senado inicia el tratamiento del proyecto de reforma de la Constitución, un anhelo de Carlos Menem, quien busca su reelección presidencial, vedada por la Carta Magna vigente. El proyecto presentado es de un septuagenario senador de la provincia de San Juan, miembro de una dinastía política que se remonta a comienzos del siglo XX. Se llama Leopoldo Bravo.


Moscú y Leopoldo Bravo tienen una historia en común. Después de San Juan, ha sido el lugar en el mundo del político sanjuanino. Allí revistó como embajador de la Argentina. Y fue en esa ciudad, la que arde mientras él argumenta sobre la reforma constitucional, donde protagonizó un encuentro, cuarenta años atrás, que quedaría en la historia: su entrevista con José Stalin, la última del dictador con un occidental antes de su muerte.