El undécimo: no predecirás. Sobre el miedo al «pensamiento demasiado racional».

Observaba Orwell en su ensayo Palabras nuevas (New Words, 1940, en español se puede leer en la excelente recopilación recientemente editada por DeBolsillo) que los niños tienen miedo a ser castigados por demonios invisibles si se muestran demasiado orgullosos: si pescan un pez, decía Orwell, y dicen «ya lo tengo» antes de subirlo del todo, creen que lo perderán etc. Esas supersticiones infantiles se mantendrían en muchos adultos y solo desaparecerían en la medida en que los adultos tienen mayor control sobre su entorno, aunque solo para reaparecer en situaciones en que no lo tienen, como la guerra, las apuestas etc. Y sería esa creencia más o menos latente la que se traduciría en el miedo de muchos adultos al «pensamiento demasiado racional» y, por tanto, a la resistencia a cualquier «intento de aproximarse a las dificultades de uno de un modo directo y racional, cualquier intento de resolver los problemas de la vida como uno resolvería una ecuación».

¿Les suena? ¿Cuántas veces han oído que los científicos no deberíamos «jugar a ser dioses»? ¿Que no se puede ser soberbio y creer que se está «en posesión de la verdad absoluta»? (Esto se suele usar para refutar algún dato) ¿Que hay que «abrir la mente»? (Normalmente, para pedirte que la cierres y abraces sin pensar cualquier parida.) Y mi favorita, ¿que no todo tiene un «porqué»? (resulta difícil entender qué diablos significa esto, si lo piensan). Esta desconfianza va más allá de la actividad puramente científica (completamente desprestigiada hoy en día: o somos individuos extravagantes o estamos vendidos a las multinacionales) y se extiende, como bien observó Orwell (que lo aplicaba a las previsibles reacciones en contra de la creación de palabras nuevas) a cualquier actividad mínimamente analítica y predictiva.