miércoles 19 de diciembre

Elige tu propio Alfonsín

Arturo Illia presidente sale de la casa de gobierno para leer el diario en un banco de la plaza de mayo. Ahhhh, el éxtasis republicano. ¿Fue verdad? No importa, será posverdad. Simplemente supongamos que a media mañana sale con el diario para leerlo en la plaza pública. Es una imagen escolar: frente a la casa de gobierno y frente al sillón presidencial aparece el sillón del ciudadano donde sentarse a leer. Illia leía el diario, se llenaba de polvo de ladrillo el pantalón, picoteaban las palomas a su lado, un ciudadano presidente mientras alrededor empezaba todo el mundo a calentar los motores de la guerra. Un hombre común que lee la prensa con la ceja levantada y saluda a las amas de casa y a las mucamas y a los jubilados y a los que venden garrapiñadas. Se hicieron un picnic hace cincuenta años con el pobre Illia pero ahí está ahora: el mito de la honradez, la figura espléndida de los republicanos, un pasteurizado. Débil, viejo, maltratado, digno, pobre, sin mayorías. Más o menos como quieren que sean los políticos. En el amor corporativo a su figura se alumbra esa hilacha. Pensemos en Mariano Grondona: tardó décadas en pedirle perdón al hijo de Illia, porque tardó décadas su clase en perdonar a Illia (¿no fue acaso un presidente desafiante?). Bajaba a leer el diario a un banco de la plaza porque era como un jubilado, la suma de todas las debilidades que forman una “estatura moral”. República = políticos débiles.

¿Y Alfonsín? Alfonsín es la figura en disputa. Algunos hechos recientes refrescan este homenaje “republicano”, una figura también castrada. La estatua platense que acaba de ser inaugurada, en la que se lo ve cabizbajo, caminando en los jardines de Olivos, junto al presidente electo, Menem, que ya había puesto quinta y casi flotaba al lado de “Don Raúl”. 1989. ¿Por qué ese Alfonsín de bronce? Porque para liberales y republicanos Alfonsín tiene dos condiciones: es un demócrata y es un derrotado (es un demócrata porque es un derrotado). No sólo derrotado por fuerzas reales (CGT, capitanes de la industria o Carapintadas), sino derrotado por la Historia: la estatua que no se animan a hacer es la “del otro”, la de Menem, que fue el que consumó la democracia real porque consumó el otro consenso pendiente en los 80… el del capitalismo. ¿Por qué no hacen la estatua de Menem? ¿Por qué siempre celebran el otoño del patriarca demócrata? Porque celebran su derrota. Porque el porfiado gallego no se convenció nunca del todo de la solución capitalista para los problemas argentinos. Y fue débil, o sea, “democrático”. Si bien para el delirio macartista de una parte de las clases altas, como escribió Charly Feiling en “El agua electrizada”, Alfonsín era un presidente del ERP, al final se lo comieron crudo. Se fue antes. Reconoció como su mayor logro darle el poder al otro, que era otro presidente y de otro partido. Pero el tiempo hizo lo suyo. Y esa clase que lo condenó ahora escribe el adagio de un Alfonsín gandhiano, campechano, débil, más bueno que Lassie, que soportaba todo y negociaba todo: los paros generales, las agachadas peronistas, las sublevaciones militares. Es el nuevo Illia, “otro hombre que no entendimos a tiempo”. En ese Alfonsín que se consagró “devolviendo el poder” se arma el Alfonsín de Cambiemos: radicales que aceptan las condiciones, su asimetría frente al poder del otro.


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