Elogio de la ignorancia. Los riesgos del antiintelectualismo

En mayo de 2001, George W. Bush, entonces presidente norteamericano, dio un discurso en la Universidad de Yale, su alma mater: «A los que se graduaron con honores, premios y distinciones les digo: bien hecho. Y a los que obtuvieron C, les digo: ustedes también pueden ser presidentes de los Estados Unidos». La frase, recibida con aplausos y carcajadas por el selecto público, subrayaba un rasgo persistente en la cultura política norteamericana: el rechazo, sobre todo republicano, a la formación intelectual y el conocimiento experto como rasgos de sofisticación elitista. Una tradición que hoy parece no sólo haberse encarnado en su forma más pura en Donald Trump y su ignorancia celebrada como cualidad para gobernar, sino que se une a la retórica de las derechas más reaccionarias en Europa e impregna un clima de época más general.

En efecto, los cuestionamientos antiintelectuales se han vuelto hoy parte de los más generales sentimientos antielite que atraviesan Occidente con consecuencias políticas inquietantes. Según ese discurso, los intelectuales y académicos serían aquellos privilegiados que, encerrados en la torre de marfil de sus vidas acomodadas, dedican su tiempo a discusiones teóricas y abstractas que cambian poco y nada en el mundo real. La pregunta se vuelve perentoria: este sentimiento antiintelectual, ¿representa algo más que una estrategia de algunos políticos para conectar con los desplazados por la globalización en todo el mundo, que tienden a ver en las élites culturales una influencia incluso más peligrosa que en los millonarios?