domingo 9 de diciembre

En busca de un espectador perfecto: manso y adicto

“No pasés tanto tiempo frente al televisor que te va a hacer mal”. Todo niño escuchó alguna vez esa advertencia –palabras más, palabras menos– saliendo de la boca de alguna madre, tía o abuela. Aquella militancia anti tele se fundaba más en razones instintivas, mitos y fantasmas epocales que en argumentos científicos. Ese aviso –que a los oídos infantiles sonaba más a reprimenda que a alarma– podría tranquilamente parafrasearse en la actualidad, ante la enorme exposición a las pantallas en la que se encuentra el ciudadano tecnologizado del siglo XXI. En plena era dorada de las series, en una época en la que el consumo maratónico marca la supremacía del Ello freudiano, la frase de antaño de los adultos responsables se resignifica, generando nuevos interrogantes. ¿Es posible que la era digital esté moldeando un nuevo “cerebro vidente”? ¿Cómo afecta el cada vez más extendido consumo maratónico a la capacidad de recepción? ¿Se consume más de lo que el cerebro puede procesar?

La posibilidad de ver series y películas de cualquier lugar del planeta a un click de distancia, sin moverse de casa, es una experiencia tan novedosa como única. La accesibilidad a un catálogo infinito de contenidos audiovisuales para todos los públicos resulta tan placentera como difícil de cuestionar. Sin embargo, la era digital parece estar imponiendo un tipo de consumo voraz que enciende las primeras luces de alarma: según un estudio de Netflix, la cantidad de usuarios que consumieron una temporada completa durante las primeras 24 horas de su lanzamiento creció más de 20 veces desde 2013 hasta el año pasado. Y nada hace pensar que esa tendencia se haya modificado en 2018. Más bien todo lo contrario: el binge-watching, que podría traducirse como exceso o atracón de mirar, resulta un ejercicio cada vez más cotidiano y popular.


Dejar un comentario