lunes 19 de noviembre

En defensa de las groserías

¿Te ha pasado que te golpeas el dedo del pie y sin querer lanzas una palabrota? Probablemente no lo pensaste mucho, pero quizá reaccionaste de la manera correcta.

Cuando somos niños, se nos enseña que maldecir, incluso cuando tenemos dolor, es inapropiado, que demuestra un vocabulario pobre o es en cierta forma señal de pertenencia a una clase inferior. Sin embargo, las groserías tienen un fin fisiológico, emocional y social, y son efectivas solamente porque son inapropiadas.


“La paradoja es que el mismo acto de represión del lenguaje es lo que crea esos mismos tabúes en la siguiente generación”, dijo Benjamin Bergen, autor de What the F: What Swearing Reveals About Our Language, Our Brains and Ourselves. Lo llama la “paradoja de la vulgaridad”.

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