domingo 20 de enero

En defensa de Seinfeld

La corrección política pudo haber tenido en su origen una motivación noble, pero desde hace ya un buen tiempo se ha convertido en una herramienta de censura y persecución del pensamiento libre. Tenía como intención evitar la ofensa y la discriminación de grupos menos favorecidos dentro de una sociedad. Hoy en día el término políticamente correcto es usado de forma peyorativa en la mayoría de los casos, pero esto no impide que en las redes sociales y sobre todo en los medios, el discurso oficial intente siempre mantenerse dentro de estos parámetros. La comedia ha sido desde siempre una manera de combatir esta clase de totalitarismos disfrazados de bien común. Es por eso que la corrección política ha intentado reglamentar la comedia, ordenarla, ponerle límites. En definitiva: censurarla. No se trata de opiniones, sino de denuncias concretas a través de textos. No es la expresión de un pensamiento contra algo que no gusta, sino el pedido explícito o implícito de que debe ser borrado del mapa algo que ofende.

La tendencia sigue creciendo. Personas que deben pedir disculpas, películas y series que son juzgadas bajo fórmulas ideológicas y un temor creciente a ser la próxima víctima de la condena por discriminar u ofender a algún grupo. Es ya un lugar común del humor hablar acerca de que cada vez más gente se ofende por la más variadas razones y aun así, la tendencia sigue. Lo curioso es que los motivos más profundos de discriminación no se ven afectados por esta policía del pensamiento. Otros fascistas aprovechan la ridiculez de la corrección política para justificar verdaderas discriminaciones.


Cuando hace unas semanas se estrenó The Kominsky Method, serie de Netflix con Michael Douglas y Alan Arkin, algunas voces la criticaron por estar protagonizada por dos hombres mayores blancos heterosexuales. Aunque la serie incluye a todas las minorías posibles, que el protagonismo y la mayor parte de la acción giren en torno a estos dos personajes es motivo para hablar mal de la serie. Nada, absolutamente nada de los temas o el tono o la puesta en escena de la serie importaba, solo le habían pasado el medidor de corrección política y diversidad y nos números no eran lo que correspondían. Todas las series deben ser inclusivas, políticamente correctas y tener predominio de grupos postergados. Lo contrario será considerado ofensivo. O cumplen o serán condenadas. Por supuesto que nadie niega el derecho a criticar una serie o protestar por algo. Ahora bien, al mismo tiempo Kevin Hart, famoso cómico afroamericano había tenido que alejarse de la conducción del Oscar porque años atrás había hecho chistes considerados homofóbicos. Los ejemplos se multiplican, por un motivo parecido James Gunn, realizador de Guardianes de la galaxia, fue despedido de esta saga de películas. Los críticos de cine ya están directamente perdidos en Estados Unidos. Peter Debruge de la revista Variety fue uno de los criticó con dureza The Mule, la nueva película de Clint Eastwood, porque el actor y director – en realidad su nonagenario personaje- dice palabras prohibidas como negro o tortillera. No importa como esté encarado el tema en la película, no importa que las tortilleras llevaran en sus chaquetas la palabra, el crítico ni siquiera se animó a mencionarla, no fue capaz de decir la palabra. El terror circula en los medios, todo tienen que hace el saludo de la corrección política para dejar en claro que no son el enemigo. Todo el mundo se ofende, las redes sociales multiplican las voces ofendidas y todos corren desesperados para no ser los próximos en ser señalados. Como en la película Invasion of the Body Snatchers si uno dice una palabra equivocada termina delatando que sigue teniendo un pensamiento libre y será perseguido con la excusa de haber ofendido a alguien. Hasta que no pensemos todos lo mismo, la policía del pensamiento seguirá patrullando.