domingo 21 de octubre

En las mejores amistades se comparten hasta las ondas cerebrales

Si necesitas mover muebles, dice el dicho, llama a un amigo; si requieres mover un cadáver, contacta a un buen amigo. Y es que, si ponemos de lado escrúpulos morales, ese buen amigo sin duda estará de acuerdo en que la víctima era un patán intolerable que se lo merecía y, caray, no debiste hacerlo, pero ¿dónde guardas las palas?

Desde hace tiempo, los investigadores saben que elegimos amigos que son muy parecidos a nosotros en una amplia gama de características: edad, religión, nivel socioeconómico, educativo, preferencias políticas, grado de pulcritud e, incluso, la fuerza de agarre al dar la mano. El impulso hacia la homofilia —es decir, a vincularnos con quienes son, en la medida de lo posible, lo menos diferentes a nosotros— ha sido hallado por igual entre grupos de cazadores y recolectores que en sociedades capitalistas más modernas.


Según nuevas investigaciones, las raíces de la amistad se extienden incluso más profundo de lo que se sospechaba. Los científicos han descubierto que los cerebros de los amigos cercanos responden de maneras sorprendentemente similares al observar videos cortos: los mismos reflujos y oleadas de atención y distracción, el mismo punto máximo de procesamiento de la recompensa por aquí y las mismas alertas de aburrimiento por allá.

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