jueves 13 de diciembre

En tiempos de deconstrucción y noticias falsas, podemos volver a preguntarnos si la realidad existe

El 5 de junio de 1996 Alan Sokal, profesor de física en la Universidad de Nueva York, publicó dos artículos. El primero de ellos, “Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”, salió en la revista Social Text y sostenía que la gravedad era una construcción social; el segundo, “A Physicist Experiments with Cultural Studies”, se publicó en Lingua Franca y sostenía que el primero era un deliberado “pastiche de jerga postmodernista, reseñas aduladoras, citas grandilocuentes fuera de contexto y un rotundo sinsentido” pero que aún así había sido publicado por una prestigiosa revista de humanidades porque sonaba bien y apoyaba los prejuicios ideológicos de los editores contra las ciencias empíricas.

Un año después Sokal capitalizó el escándalo que causó su chiste con el libro Imposturas intelectuales, particularmente ensañado con la filosofía francesa. Más allá de los egos heridos, el dardo inficionado de Sokal pegaba en el pecho de todo el pensamiento moderno: después de Kant la filosofía pasó de pensar las cosas a pensar cómo pensamos las cosas. De manera que no se podía concebir a un objeto sin sujeto, ni viceversa. Las cosas en sí, más allá de las representaciones humanas, para Kant eran un misterio; para la Fenomenología, no eran importantes; y para los herederos de Heidegger, de Gadamer a Derrida, no existían.


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