sábado 28 de mayo de 2022
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Enamorarse de un robot. Amor y sexo después de Tinder

Suena el despertador en la pantalla del móvil. Legañoso, apagas el estridente sonido que ya asocias subconscientemente al malestar de la violación de los sueños. De las pesadillas, te despiertas sin alarma. Incorporas el pecho. Desgastas el rabillo del ojo con el dorso de la mano. Estás solo. El lado izquierdo caliente porque te rebozas de un lado al otro del colchón con la esperanza de chocar con algo que te necesite, que necesites tú. Sientes ese saco de amargura en la espalda y pescas el móvil de un gesto. Miras WhatsApp y Twitter… ningún aperitivo de compañía al despertar. No sabes por qué deberías esperar alguno, son las siete y media de la mañana, pero así es. Tu primera ex te dejó porque, aun queriéndote, quería exprimir la libertad de oportunidades que le brindaba el mundo. La segunda porque, aun queriéndote, temía alumbrar un compromiso que la expusiese al dolor. Deslizas, un segundo después de esa revelación, el dedo por la pantalla del teléfono y alcanzas la carpeta de las ilusiones. Tinder y Bumble, tal vez, salven esa sensación de derrota humana, de tipo más triste del mundo, que se agarra a tu nuca como una garrapata. Niente, na de na… Las expectativas malogradas, el chasco como un chaparrón de mierda, te hace pensar que aquí hay cosas que no funcionan y que, tarde o temprano, van a cambiar.

Tinder, Bumble, Badoo, etc., son el heredero insolente y avaro de las agencias matrimoniales. Mientras estas se vanagloriaban de ser salvoconductos a la estabilidad, las nuevas versiones se saben destinadas al fracaso, más allá de la satisfacción, porque son conscientes de que el amor duradero es mucho menos rentable que su abandono recurrente. Otras como, por ejemplo, Meetic, intentan presentarse como una mímesis digital de esas agencias. Pero, de poco sirve solucionar el síntoma si persiste la enfermedad. Aunque el objetivo inicial de los exploradores del amor sea construir un núcleo familiar castizo y de buena planta, no son ajenos a los estímulos que los rodean y, lejos de esforzarse por entender defectos y desilusiones, se propondrán sustituir a su portador por una versión más afín. ¡Cucú! Sorpresa, ¡no existe una puta versión idílica de la pareja soñada! Ser exigente, como reclama Meetic, está bien, pero no puede infectar toda potencialidad refugiándose uno en la eterna posibilidad de algo mejor. ¡Zassh! Se cierra el cepo. Funcionó la trampa. Ya sea con Tinder, sometido a la expectativa del fracaso, o en Meetic, inerme a la presión de la libertad de oportunidades, los amantes posmodernos parecen condenados a desarrollar nuevas formas profundas de soledad. Eso, o los ejercicios de la ternura y la honda comprensión mutua se evaporan, poco a poco, siendo sustituidos por nuevas formas de pulsión libidinal que permitan -seguramente desde la farmacología- mantener las expectativas de una gimnasia pasional; individual y autosuficiente, hasta la muerte.

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