Encomendado a Lagarde, Macri encara su primera campaña en el desierto

A diferencia de 2017, cuando ganó las elecciones legislativas bajo los efectos de unos potentísimos anabólicos económicos, Mauricio Macri arrancó su campaña por la reelección consciente de que esta vez dispone de una sola dosis de una única vitamina: los dólares del Fondo Monetario. La restricción se hizo carne en el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, quien ya recortó durante el verano las pretensiones presupuestarias de dos de sus colegas -Guillermo Dietrich y Dante Sica- y hasta consiguió que el mandatario se deshiciera del integrante del equipo que consideraba más caro y menos útil, Javier Iguacel. Aunque los financistas de Wall Street acuden a verlo cada vez más nerviosos ante la perspectiva de una derrota oficialista en octubre, Dujovne los recibe a todos con la misma calma. Los sienta en su despacho, les habla de la dispersión del peronismo y les asegura que, para la economía, con esa vitamina alcanza.

El Gobierno ve en los dólares del Fondo la llave para que la divisa no pegue otro salto brusco en medio de la incertidumbre preelectoral y para que simplemente repte al compás de la inflación, como desearían Dujovne y Guido Sandleris. Es cierto que el sistema de «flotación entre bandas» mantendría maniatado al jefe del Banco Central incluso aunque el dólar pegara en estos días un subidón del 25%, porque ésa es la distancia que hay entre la cotización de ayer ($39,40) y el límite superior de la banda ($49,30). Hasta que no se sale de la banda, para arriba o para abajo, el Central se autoexcluyó del mercado. Y si lo hace, lo máximo que puede hacer es comprar o vender 150 millones diarios. Pero también es cierto que el Tesoro recibirá en breve del Fondo US$ 12.000 millones y que no necesita del Central para venderlos y así incrementar su oferta, en caso de que la demanda se dispare.