Épica de unidad nacional para dar peleas de alto riesgo

En su discurso inaugural, leído con firmeza durante algo más de una hora, el nuevo presidente de la Nación, Alberto Fernández, hizo mucho más que presentar lineamientos, señalar objetivos y exponer el estado económico comatoso de la Argentina que recibe. Más allá de esos ítems ineludibles, estableció una épica ambiciosa, basada en la idea fuerza de la unidad nacional como palanca para librar peleas que tocan el sistema nervioso de la República, desde el poder oculto de los servicios de inteligencia hasta la corporación de la justicia federal, pasando, claro, por intereses sectoriales a los que les habló con el corazón para rescatar a los compatriotas hundidos en el hambre.

Su mensaje, en rigor, empezó antes de que se sentara en el recinto de la Cámara de Diputados y abriera la boca por primera vez. Todo lo gestual que lo precedió fue parte del mensaje, desde su llegada al Congreso al volante de su propio auto, como cualquier “hombre común con responsabilidades importantes” que sale a trabajar (Néstor Kirchner dixit), hasta su abrazo con Mauricio Macri tras la entrega de la banda y el bastón. Semiología de una concordia difícil: tras ser esquivado con tan poca cortesía como disimulo por Cristina Kirchner, el presidente saliente parecía confundido mientras era retenido afectuosa e interminablemente por su sucesor. ¿Lo que viene?